Una moralidad para todos
Por Jose Angel Fernández.
Este año ha sido uno de diversidad, cambios y paradojas. El que lo dude solamente tiene que recordar que este ha sido el año en el que un presidente de los EEUU ha recibido el Premio Nobel de la paz. Este ha sido un año de pancartas con mensajes acerca de Dios (o más bien acerca de la probable “no existencia” de Dios) en los autobuses de algunas ciudades europeas. Uno en que la Iglesia Católica ha intentado hacer caja animando a los anglicanos a cambiar de aires esperando que la elección de la primera obispo anglicana lesbiana ayude en la tarea pero que la presencia de obispos católicos que niegan el holocausto o que abusan de menores no sirva para desanimarles. Un año que ha celebrado el aniversario de personajes tan dispares como Darwin y Calvino. Un año curioso, sin duda.
Por eso, ahora que el año ha acabado y que empieza uno nuevo, hemos de mirar hacia atrás y aprender de nuestros errores. Si era verdad lo que decía el apóstol Pablo, aquello de que hemos de estar preparados y dispuestos a renovar nuestra mente cada día, entonces después de un año de renovaciones mentales podemos mirar a atrás y comprobar los grandes cambios que han tenido lugar en nuestra forma de pensar: todo lo que hemos aprendido y todo lo que hemos desaprendido; todos los errores que cometimos y todo lo que hemos aprendido de ellos. Después de todo, una de las formas más utilizadas por los seres humanos para aprender es tropezar algunas veces sobre la misma piedra. Tarde o temprano recordamos su situación y damos un brinco para esquivarla.
Yo en este año he aprendido mucho, no solamente cosas relacionadas con el mundo laboral en el que me muevo sino también cosas relacionadas con los seres humanos con los que convivo, cosas acerca de tí y acerca de mí. He aprendido, por ejemplo, que no existen dos moralidades sino solamente una, la moralidad del ser humano que se enfrenta con ciertas situaciones y que intenta resolverlas de la mejor manera posible, conforme a su entendimiento. Durante años he escuchado desde los púlpitos de las iglesias que existen dos moralidades: la moralidad del cristiano y la moralidad (o más bien la falta de ella) de la persona no creyente. Durante años he escuchado acerca del monopolio que los cristianos creen poseer sobre la moralidad, un monopolio basado principalmente en el conocimiento de unas cuantas “verdades” espirituales que les ayudan a decidir quiénes están avanzando en su lucha por ser mejores personas y quiénes simplemente están condenados a dar palos de ciego.
Todo esto se basa, como todo buen cristiano de escuela dominical conoce, en la falacia de que la salvación es por gracia y no por obras (si el apóstol Santiago levantara la cabeza). Sí, claro… por supuesto que la salvación es por gracia. Todos los cristianos sabemos que fue Jesús quien murió en la cruz, nadie más, ningún otro. Pero todos también deberíamos saber que la fe sin obras está muerta. Y cuando yo miro a las obras (no para juzgarlas, que conste) de dentro y de fuera del cuerpo de Cristo no veo diferencia real. Yo no veo dos moralidades. Solamente una. Por supuesto, yo no soy Dios: yo veo lo que veo, la superficie; solo Dios conoce los corazones. Solamente Dios sabe si aquel pastor que dividió la iglesia lo hizo con buena intención; solamente Dios sabe si aquel lider que abusó de la vulnerabilidad de otra persona lo hizo sin darse cuenta; solamente Dios sabe si cuando aquel miembro decidió apoyar las injusticias que algunos estaban haciendo en su iglesia lo hacía por amor o por odio; quizá cuando aquel pastor decidió echar a los jóvenes de su iglesia lo hizo inspirado por el Espíritu Santo. Dios lo sabe. Yo no. Todo esto es un misterio para mí.
Pero lo que sí sé es que cuando miro fuera y miro dentro veo lo mismo, siempre lo mismo, ninguna diferencia. En ambos lados hay injusticias. En ambos lados hay bondad. En ambos lados hay gente que desea tener poder a toda costa, cueste lo que cueste, muera quien muera. En ambos lados hay obras de amor incondicional. En ambos lados… sí, en ambos lados me encuentro con el Espíritu de Dios, unas veces llorando y otras riendo. No juzgo a Dios a través de las obras de sus hijos (si eso hiciera habría abandonado el Cristianismo hace tiempo). Pero si algo he aprendido este año es que el cuento de las dos moralidades es un chiste de mal gusto, uno que no solo no tiene gracia, sino que comienza a ofender cuando se cuenta. Quizá el próximo año se cuente un poco menos. No estaría mal como resolución…
Fuente original,
LupaProtestante.com

Te he hecho una pregunta en Logos Place…
Renton…
Tengo vida, tengo problemas, tengo trabajo, familia, y cosas que hacer. Si tardo en contestar, ten en cuenta para otras veces que no necesitas dejarme un comentario en mi blog, el cual no tiene nada que ver con el blog al que me llamas, y tampoco tiene que ver con el hilo del comentario al que respondes.
No es el lugar donde discutir, aqui no vamos a continuar ni iniciar una discusion, en serio, si quieres hacerlo lo hacemos por e-mail, (aunque no me apetece, ya sabes por qué) tienes mi correo electrónico.